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9.2.12

De la estética y otros demonios.

Muchos filósofos y grandes intelectuales han tratado de estudiar y definir la belleza. Esto es una tarea sumamente díficil. Ya que cómo es bien sabido, la belleza está en gran parte relacionada con nuestra manera de percibir las cosas y los sentimientos que estas producen en nosotros de manera individual. Por eso se dice que el arte y la belleza son subjetivos y que ninguna ciencia o regla podrá algún día determinar su valor de manera cuantitativa.

También es cierto que existen algunos principios y normas que de cierta manera nos pueden guiar al momento de juzgar la belleza de un objeto de arte o diseño. En este caso me estoy refiriendo a todo lo creado por el hombre. Criterios cómo la armonía, el orden, la proporción, la unidad, las relaciones e incluso los argumentos, conceptos y lo que nos comunica la obra, son las variables que nos ayudarán a esbozar nuestra idea de lo que es lo bello.


Mientras tanto creamos algo muy personal e íntimo, un radar intuitivo para decidir cuando algo nos agrada o nos produce rechazo. Un sistema de valores estéticos al cual voy a llamar “gusto” y que debido a mi oficio es una de las tareas más importantes a llevar a cabo. Uno de los pilares éticos con que contamos cómo creadores de objetos.

Una herramienta que basada en la observación y la autocrítica, nos lleva a hacer cada día mejores y más agradables objetos.

En lo personal dedico mucho tiempo a la tarea de identificar lo bello, apreciarlo y tratar de recrearlo. Puede ser un ejercicio trivial que no resulte en un beneficio material para gran parte de la humanidad, ni siquiera para una pequeña parte. Pero creo que al estar rodeados de cierta armonía, orden visual y objetos útiles y hermosos, los seres humanos sómos más productivos y sentimos más motivación para mejorar. No quiero exaltar una máxima de perfección ni conceptos tradicionales de belleza. Quiero sí, realzar las virtudes del buen gusto, la sofisticación y la sensibilidad a la hora de hacer algo.

También hay bellezas mucho más seductoras y profundas, objetos que a pesar de poseer errores y defectos nos llegan muy hondo y cautivan nuestra atención.Son objetos que nos cuentan una historia, y que por esto de los argumentos y mensajes que contienen impactan nuestra percepción y se hacen inolvidables. Son estos los momentos en que algo inesperado es sin más palabras considerado bello y es por este carácter subjetivo que los interesados en el tema debemos estudiar a fondo las cualidades, relaciones y matices de las formas y los cuerpos que observamos, así cómo lo que escuchamos o leemos. En fín, todo lo que percibimos, para así desarrollar una sensibilidad y un criterio más justo.

En todo esto el equilíbrio y las sutilezas juegan un papel realmente importante y es por eso qué se hace difícil definir el buen gusto. Pero qué pasa cuando la sociedad dicta lo que es belleza? Un grupo amplio de individuos que tal véz incluya otras disciplinas y oficios, más útiles en lo tangible pero que descuídan el estudio de la estética y crean reglas, recetas y médidas para recrear lo bello y reproducirlo en masa, y peor aún para tapar y esconder lo “feo” a toda costa. Esos cánones que se establecén y hacen que con el tiempo la belleza pierda la frescura y ese toque inesperado. Qué pasa cuando esta sociedad impone y exije a creadores e innovadores acatar sus condiciones para crear sus objetos? Cuál debe ser la postura del creativo? Para mí la respuesta es bastante obvia y nada subjetiva. Es deber del creador decidir, proponer y convencer. Es deber absoluto del creador crear su obra.

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